Empezamos está nueva aventura Vikinga con grandes expectativas, como un juego, pero también como un reto. Sin saber lo que iba a ocurrir, pero las expectativas estaban altas. El mapa nos sugiere ya de entrada que este curso no será como los demás y sin duda las tareas iniciales nos lo confirman.
Para poder embarcarnos debemos
mostrar nuestras armas y escudos vikingos, una forma de que el equipo pueda
saber nuestras fortalezas (y lo que podemos aportar) pero también nuestros
puntos débiles (un acto de confianza que nos hace vulnerables, pero nos torna
más fuertes cuando el equipo está ahí para apoyarnos).
Después toca descubrir nuestros
puestos: para eso es necesario saber desde dónde partimos para que cada uno pueda
avanzar por esta aventura en un personaje a su medida, destinado a conseguir
además de las metas grupales, sus objetivos propios. Sin duda para ello es
necesario conocer tanto nuestros conocimientos previos como qué esperamos de
esta cruzada.
Y por fin, nos plantean nuestra misión porque,
¿Qué es una aventura sin una meta que conseguir? La nuestra la descubrimos con
curiosidad y asombro, planteada como el reto de descubrir que hay dentro de un
huevo que ¡crash! cuando se rompe es un pequeño dragón al que debemos hacer
crecer y cuidar. Sin duda, en mi caso, y como si de un juego de rol se tratara,
han conseguido el objetivo: motivar, enganchar y dotar de sentido e imaginación
haciendo que aprender pueda ser más llamativo y divertido.
Esto nos demuestra que los inicios son algo importante a cuidar, el momento ideal para captar la atención y el interés del alumnado, consiguiendo despertar su imaginación y creatividad para mantenerles motivados a lo largo del proceso ¿Por qué no vestir como juego lo que realmente puede serlo? ya que, en infantil siempre hemos sabido que, la mejor forma de aprender es jugando. Por eso en mis inicios de proyecto suelo plantear misiones como en el caso de la webquest: Un viaje por el espacio. Una especie de guía que nos permita viajar y completar nuestra misión sin perdernos.
También es sin duda el momento
ideal para conocer las ideas previas desde donde queremos partir, sin
olvidarnos de suscitar la curiosidad para entresacar que nos gustaría saber y
poder desde ahí establecer nuevos puntos y actividades de motivación que guíen
el proceso.
Y de este modo llegamos al inicio
del curso con entusiasmo y comprobamos que la idea es construir un curso a la
medida de cada uno donde, cada alumno, puede elegir entre varias actividades
aquella que le parezca más adecuada para su tipo de inteligencia predominante o
incluso (por qué no) arriesgarse a probar como ampliar las defensas de su
escudo. Al final esta decisión es de cada personaje como cuando de pequeños
leíamos un libro de “elige tu propia aventura”. Se trata por tanto de
posibilitar que el alumno decida qué inteligencia explorar, marcándose sus
propios retos para desarrollarse de forma integral (y por tanto mejorar su
escudo) o apostando por ampliar su arsenal (inteligencia predominante).
De este modo el curso nos hace
entender que cada aprendiz es único y como maestros guía, debemos ponerles a
ellos al mando de su propia aventura, acompañándoles en las dudas y dándoles opciones,
graduando el proceso, pero sin decidir por ellos, sin marcarles un ritmo
autoimpuesto que les agobie o les aburra.
De esto me he dado cuenta más que
nunca en este curso, pues mis circunstancias personales hacen que me esté
resultando difícil seguir el curso con mi ritmo habitual, no por falta de
implicación sino por una falta de tiempo impuesta por las circunstancias. De
este modo he comprendido que muchas veces no sabemos con qué monstruo pueden
estar luchando nuestros alumnos en cada momento, y que hay que darles
herramientas y posibilidades para intentar llevar a buen puerto su “barco
vikingo” y que, para eso, la mejor herramienta es la flexibilidad en los ritmos
y el tiempo.
Por otro lado, el planteamiento
de distintos tipos de actividades referidas a las diferentes Inteligencias nos
hará conseguir que todos los alumnos puedan brillar y que desarrollen las
capacidades, destrezas y habilidades de aquello para lo “que están destinados”,
pero sin anclarles en esa realidad y permitiéndoles explorar lo que les
gustaría llegar a ser, pero aún solo se atreven a soñar. Y es que, como dijo Albert Einstein «Si juzgas
a un pez por su habilidad para trepar árboles, pensará toda la vida que es un inútil».
En este punto yo siempre pienso
que al mono no únicamente se le puede enseñar a trepar árboles, demos
posibilidades para que decida si quiere aprender a nadar.
En este sentido siempre me ha
parecido que la inteligencia son aquellas capacidades que desarrollamos a lo
largo de la vida y que nos permiten resolver los problemas/retos/desafíos a los
que nos enfrentamos. Y siendo sinceros,
todo el mundo se enfrenta a problemas de todo tipo a lo largo de su vida, por
eso creo que es necesario permitir que todos los alumnos brillen en su propia
inteligencia predominante pero sin olvidarnos de enseñarles de forma integral, dotándoles
de un mínimo de herramientas que les permitan tener un escudo que les proteja.
En definitiva, mi definición de
inteligencia es una inteligencia práctica, que se basa en la forma de
interpretar el mundo, el hacer, el crear… siendo por tanto la herramienta
definitiva para discurrir por la vida.
En mi vida como maestra, he
comprobado claramente que, desde los primeros años de vida, podemos observar
que la inteligencia es múltiple ya que algunos alumnos son buenos en la
escritura, otros en las operaciones, otros demuestran habilidades en el dibujo,
sensibilidad musical, hacia la naturaleza, capacidad de liderazgo y de
comunicación o de comprensión y empatía. Por eso creo que es necesario
demostrar a cada uno de ellos que, aquello en lo que son buenos, es importante
y no secundario, pero al tiempo animarles a mejorar en aquello que les cuesta
más.
Para conseguirlo creo que es
necesario un cambio en la escuela a varios niveles y siempre destinado a la
educación integral del alumno, sin menospreciar algunas inteligencias a las
que, solo se les da valor si llegan a la fama. Nadie diría que Picasso es menos
importante que su amigo Rafael Alberti o que Erwin Schrödinger, pero sin embargo
muchas veces se da menos importancia al hecho de que un niño demuestre sus
conocimientos con un dibujo detallado del cuerpo humano frente al que es capaz
de explicar su funcionamiento en un texto.
Cambiar esto supone cambiar
conceptos enraizados en nuestro subconsciente y creo que ese es un camino que
solo se puede iniciar a través de pequeños cambios concretos (especialmente
cuando el currículo y distribución horaria no son opcionales):
·
Ofertar actividades teniendo en cuenta las inteligencias
múltiples que nos permitan trabajar el mismo contenido con actividades
adaptadas a cada una de ellas.
·
Planificar intentando equilibrar la programación
en torno a estas inteligencias.
·
Favorecer un ambiente de trabajo que permita
realizar diferentes actividades y a distintos ritmos (mediante rincones,
talleres…).
·
Ofertar más cantidad de trabajos en grupo y de cooperación,
y no solo trabajos individuales.
·
Fomentar una profundización en los contenidos
proponiendo la creación guiada (y todo el proceso que ello implica: pensamiento,
planificación, investigación, desarrollo…) como objetivo final y no solo la réplica
de contenidos.
·
Introducir metodologías innovadoras como el ABP,
ABN, ABR, paisajes de aprendizaje, gamificación, Flipped Classroom … que
fomenten este cambio y nos permitan movilizar la vida en el aula de formas
nuevas.
En conclusión,
solo si cambiamos LA FORMA de movernos en el aula podemos esperar DIFERENTES
RESULTADOS. Y solo si fomentamos la
inteligencia predominante de cada uno convertiremos las semillas en frondosos árboles
creando ciudadanos que aporten a la sociedad todo lo que pueden llegar a ser.


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